Mi Aventura para Ver a Colo-Colo en la Libertadores
Estadio Monumental David Arellano

Colo-Colo

Junior
No me lo pensé dos veces. Cuando vi que Colo-Colo jugaba contra Junior de Barranquilla por los octavos de final de la Libertadores, supe que tenía que estar en el Monumental. Desde el sur de Chile, en mi pequeño pueblo rodeado de montañas y ríos, siempre he seguido a los albos, pero esta vez sentí que era el momento de hacer el viaje. Aproveché que la semana era corta, con un feriado el jueves, y me pedí vacaciones en el trabajo. El martes en la madrugada, partí en bus hacia Santiago con la camiseta bien puesta y la ilusión en el corazón.
Llegué a la capital con el tiempo justo para pasar por el hotel, dejar las cosas, y dirigirme al estadio. El ambiente ya se sentía a kilómetros del Monumental. Miles de colocolinos como yo, de todos lados, con banderas, cánticos, y ese espíritu inquebrantable que solo nosotros tenemos. Entré al estadio, busqué mi asiento, y sentí que estaba en casa.
El partido fue durísimo, de esos que te tienen con el corazón en la mano desde el primer minuto. Junior no nos lo puso fácil, y cada minuto que pasaba el nerviosismo aumentaba. Pero en el segundo tiempo, cuando ya pensábamos que sería empate, apareció Vicente Pizarro. ¡Qué golazo, hermano! Un pase perfecto de Carlos Palacios y Pizarro, con esa frialdad que parece haber heredado de su padre, definió cruzado. El estadio se vino abajo, saltamos, gritamos, nos abrazamos con desconocidos como si nos conociéramos de toda la vida.
Cuando el árbitro pitó el final, no podía creer que había valido la pena cada kilómetro recorrido. Estar ahí, en esa noche histórica, es algo que nunca olvidaré. Ahora, de vuelta en el sur, cada vez que pienso en ese gol, siento que fui parte de algo grande. Colo-Colo siempre nos da razones para soñar, y yo tuve la suerte de vivirlo en carne propia. ¡Vamos Cacique!
